Llevo un periódico entre las manos. Todavía no lo he abierto. Me dedico a observar. Miro la vida. Veo a una niña de nacionalidad china leyendo un libro del colegio. Lo lee con entusiasmo pero desde muy cerca. Creo que necesita gafas. Su madre le avisa de que pronto tendrá que bajar del metro. Una mujer sube en la siguiente parada. Lleva un pañuelo en la cabeza. Hay personas que le miran y ella se da cuenta. Por dentro pienso en esa señora. Sí, tiene o ha tenido cáncer. Deduzco que está luchando. Muy cerca se sientan un padre y un hijo. Llevan unas bolsas de patatas fritas y dos bocadillos empaquetados y prefabricados. El niño come muy feliz. El hombre lee las tablas de calorías de los productos. Suspira sabiendo lo que se va a meter en el cuerpo. Parece que reflexiona pero sigue a su hijo en el gusto por comer grasa. Los dos disfrutan y eso es lo importante. Quién sabe la historia que hay detrás. Quizás no tengan tiempo para hacerse la comida o puede que estén acostumbrados a comer tan rápido. Una madre charla con una compañera de trabajo (o eso creo). Le cuenta que está muy preocupada por su hijo (deduzco que habla de su hijo). Le dice algo así como: “fíjate en Raúl, tiene dos carreras, luego hizo un máster en Londres y maneja bien los idiomas. Y con toda la experiencia que tiene no hay manera de que tenga un trabajo”. La compañera le mira como compadeciéndose. No sabe qué decir. Las dos se bajan muy pronto. A mí aún me quedan algunas paradas. Una chica habla por el móvil. Habla con su novio. Se le ve muy enamorada. Creo que se ha pasado de parada o se ha equivocado de andén. Se baja rápido para volver a retomar el camino hacia su destino. Mira alrededor sin saber dónde está. Charlar con su chico le ha despistado. Un niño sube en su carro. Su madre intenta abrir paso para buscar un sitio. Él tendrá unos tres años. No está cómodo y grita. Quiere salir del carro. Se siente encerrado. Consigue que su madre lo saque de ahí y los dos se abrazan. El pequeño ya sonríe. Se me queda mirando. Le miro y le rasco en la cabeza. La madre me mira y también sonríe. Está orgullosa de lo cariñoso que es su niño.
Mi periódico sigue cerrado. Al lado dos mujeres hablan en árabe. Una chica filipina lee un diario digital en su IPAD. Un hombre de color negro se sienta porque está agotado. Creo que sale de trabajar. No se ha quitado el mono de trabajo. Seguro que se ha levantado muy pronto y necesita descansar. Todos nos miramos en el metro. Es curioso porque cada uno estamos pensando en algo. Nos distraemos leyendo, escuchando música o simplemente pensando. A veces me entran ganas de decir algo pero no conozco a nadie. No puedo hacerlo. No puedo decirle a la niña que lee que necesita gafas. No puedo meterme en la conversación para animar a la madre preocupada por su hijo. No puedo avisar a la chica que habla por el teléfono de que se le va a pasar la parada porque no sé dónde tiene que bajarse. Ni puedo ni debo. Llega mi turno para bajar. Todavía me acompañan algunos compañeros de viaje. Hay a alguien a quien sí me sale decirle algo. Miro a la mujer del pañuelo en la cabeza y me mira. Le digo: “mucha suerte”. Ella me sonríe. He llegado a mi destino pero me toca esperar a otro metro. Abro mi periódico. Y lo cierro muy pronto. Leo cosas que parecen de otro mundo. Están fuera de la vida. Parecen de un planeta extraterrestre. Son los mismos temas de siempre. Idénticas declaraciones. La vida está en otro sitio. La vida viaja cada día en un vagón de metro. Ahí se esconden las personas y sus circunstancias, ahí están las personas y sus preocupaciones. Ahí está la realidad. Es la vida. Y la vida está para vivirla. La vida la hacemos las personas cada día. Tiro el periódico en la primera papelera que encuentro. Está justo detrás de mí. Hoy no me apetece leerlo entero. Lo que yo quiero es la cercanía de la gente. Quiero la vida real. Subo otra vez al metro y llego a casa después de dos paradas. Ya en la calle paso por el quiosco. Observo las portadas de otros periódicos. Sí, efectivamente, la vida viaja en lugares como el metro. Algunos titulares me provocan náuseas. No puedo seguir leyendo. Determinadas fotografías son para vomitar. Demasiado cinismo para aguantarlo. Mucha manipulación. Palabras de personajes que no deben de conocer la realidad. Ya estoy deseando volver a subir en el metro y seguir respirando vida.
