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En el cementerio no solo hay muertos. Leo con atención un titular de Heraldo de Aragón que así lo demuestra. Me sorprende lo que estoy viendo pero junto a varias sepulturas hay vivos que duermen. Indigentes de Zaragoza se han buscado un lugar en el que descansar: los panteones abandonados. Son propiedad privada y se requiere una denuncia de la familia del enterrado para desalojar a los sintecho. Hay muertos a los que no les queda nadie por lo que no hay quien proteste por “el allanamiento de morada” del pobre. No puedo ni imaginarlo. La oscuridad de la noche, el olor a pino, el silencio y cientos de huesos alrededor. No sé si podría dormir en semejantes condiciones. Me doy cuenta de lo mucho que tenemos y lo poco que lo valoramos. Hablamos de crisis hasta la naúsea y no tenemos ni puñetera idea de lo que realmente es estar en crisis.

Cementerio de Torrero, Zaragoza/ M.S./ Heraldo de Aragón.

Unas cortinas de plástico intentan tapar el nombre de la lápida. El mismo alambre que las sostiene sirve de barra de armario para colgar las perchas. Hay unas escaleras de bajada como quien desciende a la bodega de su casa. Hay ropa y bolsas con objetos personales. Hay botes de gel y medicamentos. Es una auténtica casa para quienes no tienen un techo. Sus particulares jardines son los árboles que rodean el cementerio. Pinos y cipreses dominan el refugio de los vagabundos. Por el día se cubren del sol y el calor. Por la noche siguen en el mismo lugar para dormir tranquilos junto a los que descansan eternamente. Viven rodeados del mármol de las lápidas, del lujo de algunos mausoleos familiares. Es la auténtica muestra de la necesidad. Si se aburren quizá puedan escuchar la voz del tenor Miguel Fleta. Si tienen problemas legales que sepan que muy cerca tienen al jurista Joaquín Costa. Vivos y muertos comparten el mismo escenario. La vida y la otra vida.