De puta madre

Óscar ha estado casi dos años en una cárcel de Italia. Le condenaron por un delito de narcotráfico. Un mafioso suplantó su identidad. Acaba de salir de prisión porque es inocente. Ha sido víctima de un error judicial. Ha pasado un verdadero calvario viviendo entre rejas. Él no era culpable. Las cartas de sus familiares y amigos le han ayudado a sobrevivir. En la cárcel no le han dejado sonreir. Al aterrizar en España cuenta que fue insultado, vejado y humillado. Relata que ha llorado y que ha sufrido. Su sufrimiento acongoja a cualquier ser humano que mantenga activa su conciencia. Toda su experiencia la ha contado en pocos minutos ante los medios. No hace falta decir mucho más para saber lo que este hombre ha vivido. Su rostro de emoción lo dice todo cuando se abraza con sus seres queridos. Ya ha dormido en casa. Hoy ha atendido a algunos periodistas. Veo una entrevista en televisión.

Pregunta textual del periodista: “¿Cómo ha sido tu experiencia en Italia?”

Respuesta tímida con mirada atónita de Óscar: “Mala, muy mala”

Durante más de 600 días ha perdido la libertad pero no la educación. ¡Qué preguntas! Conociendo de antemano su historia no se le puede preguntar cómo le ha ido en Italia. Es para responder: “¿Cómo me ha ido?, de puta madre, hijo mío, de puta madre”. Hay que ser besugo para preguntar determinadas cuestiones. Recuerdo un famoso que salía del funeral de su padre. También se le preguntó “¿Qué tal ha ido?” Otro caso para responder “de puta madre, ha ido de puta madre“.

Currículos reciclados

Millones de españoles estamos en el paro. Detrás de cada persona hay una historia. Ninguna es mejor ni peor. Cada uno vive la suya. Hay jóvenes que se sienten estafados. Hay quienes han perdido el empleo porque su empresa ha cerrado. Algunos parados tienen hijos y una hipoteca que pagar. Otros han encadenado contratos y la cadena ya se ha roto. Detrás está el esfuerzo y el sacrificio. Hay personas con estudios superiores, conocimiento de idiomas y mucha experiencia. Hoy nada es garantía de nada. Nadie estamos por encima de nadie. Quizás nadie merezcamos más que nadie. Se ven injusticias e influye la suerte pero debemos seguir adelante. Algunos no vamos de la mano de nadie y lo tenemos más difícil. Nos guía la esperanza. Cada mañana amanece un nuevo día. El teléfono está bien cargado de batería. No nos perdonaríamos que nos llamaran de un trabajo y el aparatito estuviera apagado. Sales a dar una vuelta y quieres sentir tu teléfono cerca. El volumen del sonido está al máximo. Quieres que suene. Deseas que alguien se acuerde de ti. Es casi como una obsesión. Necesitas una llamada para no frustrarte más. Cada día abres el correo electrónico. Ni siquiera hay una respuesta. Sueñas y pides que alguien haya leído tu currículum. Nuestros datos están en decenas de lugares. Hemos perdido la cuenta de las empresas a las que los hemos enviado. Algunas papeleras de determinadas oficinas deben de estar llenas. Pido que por lo menos reciclen el papel de las hojas que ocupa el CV. Me sentiré un poco mejor si sé que todo ese papel sirve para construir una caja de bombones. Estaré más feliz si sé que con ese papel un niño dibujará en una nueva hoja. Me sentiré mejor si sé que sirve para construir un sobre, una postal o unas cartas de jugar. Será mejor que ese papel sirva, al menos, para otras personas. Pido que otras personas sean felices con el papel de mi puñetero currículum. Que sirva para algo, por favor.

Hoy he recibido una llamada. Era un número desconocido. He cogido el teléfono con ganas. Han recibido mis datos y quieren verme en una entrevista. Concertamos la cita. La persona que me llama desde un conocido medio de comunicación me advierte antes de colgar: “por cierto, no pagamos“. Le digo que no me esperen, adiós y gracias. Otra vez toca esperar. ¿Hasta cuándo? ¿Qué más hay que hacer? ¿Qué hemos hecho mal? ¿En qué hemos fallado? ¿Qué está pasando? Cuelgo el teléfono. He rechazado un posible puesto de ¿trabajo? ¡No pagan! ¿De qué trabajo me están hablando? Basta ya de tomaduras de pelo, por favor. Basta. Somos algo más que un número de teléfono al que llamar. Somos personas. Sólo llevo tres meses en el paro. Millones de españoles llevan AÑOS sin trabajo y ya no cobran la prestación. Seguro que ya se han cansado de enviar sus currículos. Ya habrán descubierto que sus currículos son papel reciclado. Seguro que tampoco han perdido la esperanza. Nos debe guiar el optimismo. Optimismo no es sinónimo de ser idiota. Otros salieron del paro porque se olvidaron de su vocación. Fueron a otro lugar y cambiaron su vida. Se olvidaron de la que había sido hasta ese momento su profesión. Hoy todo está difícil porque ni siquiera sale un trabajo distinto a tu formación y experiencia. En cualquier caso, igual es el momento de cambiar. Igual es mi momento. Puede que tantos currículos reciclados me estén dando la pista. Quizás haya que decir, por fín, “borrón y cuenta nueva“. A por otra cosa, mariposa. No podemos dejar que nos venzan. Necesitamos suertecita, que no nos falte de nada, que no nos de la espalda la esperanza. Que tengas suertecita, que no pierdas más el tiempo, que no hagas caso de aduladores, que no te fíes de los vencedores.

Utopías y suerte

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Leo El País de la semana pasada. Releo “Adiós, y mucha suerte”. Lo firma Milagros Pérez Oliva. Es su despedida después de ser durante tres años la DEFENSORA DEL LECTOR. Lo he leído y he suspirado. Twitter se llenó de elogios al artículo. A mí también me ha gustado pero si he suspirado es porque he leído una auténtica UTOPÍA. Los deseos de Pérez Oliva están lejos de la realidad. La autora reconoce que hay medios con distintas líneas editoriales (menos mal porque si no me hubiera pegado un tiro). Añade que “los periodistas hemos de aspirar a que nuestros lectores tengan la confianza de que leyéndonos a nosotros, no necesitan ir a promediar con otras versiones. La democracia necesita medios independientes, creíbles y veraces, que resulten fiables para cualquier lector, independientemente de cuál sea su línea editorial”. Creo que nos hemos quedado en eso, en una mera aspiración. Nos hemos quedado atascados en algún punto del camino. Leer esa frase me ha provocado risa. Ha sido una risa nerviosa; una risa dolorosa. Esa frase es como decir que el lector de un determinado diario tiene delante una información independiente y vacía de intereses. Todos conocemos las líneas editoriales de los periódicos pero deberíamos pensar (se supone) que lo que nos cuentan es independiente. Es una utopía como una catedral de grande. El dedo ya no se lo chupa casi nadie. La autora asegura que “la verdad, en periodismo, existe” y se pregunta “¿cómo saber quién miente y quién dice la verdad?” Es como preguntar ¿quién es el malo y quién es el bueno? Leo también que debemos desconfiar de “quienes anteponen la interpretación a la demostración”. Ahora a ver quién es el guapo que dice que las portadas de nuestros periódicos no son interpretaciones. Cada una de ellas es una interpretación. Gustará más o menos pero es una interpretación. Por tanto, siguiendo a la autora, deberíamos de desconfiar de todos los periódicos que tenemos en el quiosco. Deberíamos desconfiar si concluimos que todos los periódicos son interpretaciones de la realidad. Yo, desde luego, lo pienso. Y sigo leyendo: “lo peor que puede pasar es que la ciudadanía crea que la única forma que tiene de hacerse con la verdad sea leer diversos medios de signo diferente. Porque la versión promedio no tiene por qué coincidir con la verdad”. Está claro, Pérez Oliva apuesta por la VERDAD. Ella considera que debería existir (o que existe) un periódico con la VERDAD. Concluye pidiéndonos que premiemos “el buen periodismo”. ¿Considera entonces que hay un periodismo malo? Eso “malo” a lo que se refiere es otra cosa. Nunca deberíamos llamarle periodismo. Ahí está el problema. Ya está todo desvirtuado. Necesitamos mucha suerte.

La vida viaja en metro

Llevo un periódico entre las manos. Todavía no lo he abierto. Me dedico a observar. Miro la vida. Veo a una niña de nacionalidad china leyendo un libro del colegio. Lo lee con entusiasmo pero desde muy cerca. Creo que necesita gafas. Su madre le avisa de que pronto tendrá que bajar del metro. Una mujer sube en la siguiente parada. Lleva un pañuelo en la cabeza. Hay personas que le miran y ella se da cuenta. Por dentro pienso en esa señora. Sí, tiene o ha tenido cáncer. Deduzco que está luchando. Muy cerca se sientan un padre y un hijo. Llevan unas bolsas de patatas fritas y dos bocadillos empaquetados y prefabricados. El niño come muy feliz. El hombre lee las tablas de calorías de los productos. Suspira sabiendo lo que se va a meter en el cuerpo. Parece que reflexiona pero sigue a su hijo en el gusto por comer grasa. Los dos disfrutan y eso es lo importante. Quién sabe la historia que hay detrás. Quizás no tengan tiempo para hacerse la comida o puede que estén acostumbrados a comer tan rápido. Una madre charla con una compañera de trabajo (o eso creo). Le cuenta que está muy preocupada por su hijo (deduzco que habla de su hijo). Le dice algo así como: “fíjate en Raúl, tiene dos carreras, luego hizo un máster en Londres y maneja bien los idiomas. Y con toda la experiencia que tiene no hay manera de que tenga un trabajo”. La compañera le mira como compadeciéndose. No sabe qué decir. Las dos se bajan muy pronto. A mí aún me quedan algunas paradas. Una chica habla por el móvil. Habla con su novio. Se le ve muy enamorada. Creo que se ha pasado de parada o se ha equivocado de andén. Se baja rápido para volver a retomar el camino hacia su destino. Mira alrededor sin saber dónde está. Charlar con su chico le ha despistado. Un niño sube en su carro. Su madre intenta abrir paso para buscar un sitio. Él tendrá unos tres años. No está cómodo y grita. Quiere salir del carro. Se siente encerrado. Consigue que su madre lo saque de ahí y los dos se abrazan. El pequeño ya sonríe. Se me queda mirando. Le miro y le rasco en la cabeza. La madre me mira y también sonríe. Está orgullosa de lo cariñoso que es su niño.

Mi periódico sigue cerrado. Al lado dos mujeres hablan en árabe. Una chica filipina lee un diario digital en su IPAD. Un hombre de color negro se sienta porque está agotado. Creo que sale de trabajar. No se ha quitado el mono de trabajo. Seguro que se ha levantado muy pronto y necesita descansar. Todos nos miramos en el metro. Es curioso porque cada uno estamos pensando en algo. Nos distraemos leyendo, escuchando música o simplemente pensando. A veces me entran ganas de decir algo pero no conozco a nadie. No puedo hacerlo. No puedo decirle a la niña que lee que necesita gafas. No puedo meterme en la conversación para animar a la madre preocupada por su hijo. No puedo avisar a la chica que habla por el teléfono de que se le va a pasar la parada porque no sé dónde tiene que bajarse. Ni puedo ni debo. Llega mi turno para bajar. Todavía me acompañan algunos compañeros de viaje. Hay a alguien a quien sí me sale decirle algo. Miro a la mujer del pañuelo en la cabeza y me mira. Le digo: “mucha suerte”. Ella me sonríe. He llegado a mi destino pero me toca esperar a otro metro. Abro mi periódico. Y lo cierro muy pronto. Leo cosas que parecen de otro mundo. Están fuera de la vida. Parecen de un planeta extraterrestre. Son los mismos temas de siempre. Idénticas declaraciones. La vida está en otro sitio. La vida viaja cada día en un vagón de metro. Ahí se esconden las personas y sus circunstancias, ahí están las personas y sus preocupaciones. Ahí está la realidad. Es la vida. Y la vida está para vivirla. La vida la hacemos las personas cada día. Tiro el periódico en la primera papelera que encuentro. Está justo detrás de mí. Hoy no me apetece leerlo entero. Lo que yo quiero es la cercanía de la gente. Quiero la vida real. Subo otra vez al metro y llego a casa después de dos paradas. Ya en la calle paso por el quiosco. Observo las portadas de otros periódicos. Sí, efectivamente, la vida viaja en lugares como el metro. Algunos titulares me provocan náuseas. No puedo seguir leyendo. Determinadas fotografías son para vomitar. Demasiado cinismo para aguantarlo. Mucha manipulación. Palabras de personajes que no deben de conocer la realidad. Ya estoy deseando volver a subir en el metro y seguir respirando vida.

Sí, es CÁNCER

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A los enfermos. A los que sobrevivieron. A los que se marcharon. A las familias. A los oncólogos y científicos que luchan.

“¿Cómo estás de lo tuyo? Lo mío es cáncer”. Es el lema de la campaña del Grupo Español de Pacientes con Cáncer (GEPAC). El objetivo es normalizar el término y evitar la estigmatización. Detrás de cada diagnóstico hay una historia. Por encima de todo predomina el miedo. La palabra duele y la enfermedad daña. El término asusta pero no puede ser un motivo de vergüenza. La crueldad es repugnante. La enfermedad pasa, a veces, de forma lenta y, otras, la rapidez abruma y despista. Detrás hay una fotografía, una familia, una persona que se enfrenta a lo injusto. Nadie lo merece. Nadie debería conocer el sabor del cáncer. Es un sabor agrío y amargo. Millones de personas en el mundo han probado directa e indirectamente esa alteración de células que nos hace temblar. No hay vacuna para el dolor. Todos somos candidatos para estar en la lista. El cáncer mata pero también hay quienes conviven con esa lotería a la que nadie juega. Muchos también sobreviven y consiguen pasar página.

El 4 de febrero se celebra el Día Mundial contra el Cáncer. Es una enfermedad que tiene un nombre propio. Sus apellidos son variados: pulmón, colon, próstata o mama. Muchos se quedan y algunos se van. La prevención es fundamental y el diagnóstico precoz es la mejor baza. Nunca sabemos a quién le tocará la carta. Solo quien lo vive en carne propia sabe qué es el maldito cáncer. A los demás nos queda escribir palabras y palabras sin saber para qué sirven. Intento comprender la sensación que uno siente cuando sale de la consulta de un médico con todos los números de la lotería acertados. Lo intento pero no puedo. Admiro a quien lucha. Todos pensamos en ese alguien al que el destino (o váyase usted a saber el qué) le obligó a coger un tren que nunca quiso. Es un tren al que los familiares y amigos nos subimos para acompañar al enfermo. Qué mal se pasa subido en ese tren. No es una larga enfermedad porque a veces es corta. Sí, es cáncer, pero tenemos que seguir. Debemos ser casi felices.

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